miércoles, 11 de marzo de 2015

PASTORA BAILA

   Nadie va a venir a estas alturas a descubrir a la gran Pastora. Nadie va a dudar cuál es su escuela. Lo que si sabemos es el poder de tiene para regenerar las formas más clásicas del baile y convertirlas en lo más moderno del flamenco. Le debe a su maestro y padre, a su hermano. Pero el camino por el que ha optado seguir defiere de las formas que estos han enseñado. Ya poco queda de la herencia familiar de aquel espectáculo 'Francesas' donde vimos en su figura la escuela y la impronta de Israel. Un mimetismo ortodoxo que nos descubrió una Pastora capaz de lo mejor. La saga tiene el futuro asegurado.
 Sin embargo el mundo de Pastora gira, avanza y la sevillana adopta una posición claramente diferenciada, personal, ajena en lo conceptual a lo vivido y aprendido aún habiendo en ella sesgos bailaores de todo aquello.
En el teatro Alhambra pudimos observar la regeneración artística de la bailaora. Días antes, en Jerez triunfó con otro espectáculo en el que su padre se llevó las medallas, sin desmerecer a la hija.
'Pastora baila' es eso que indica el título. Un homenaje a la danza flamenca, a las posturas más variopintas del baile, a la personalidad arrolladora de una artista joven que busca un camino en el que brilla sin ostentaciones. Técnicamente está de diez. A esto sumamos la gracia propia de una bailaora que es capaz de convertirse en una gitana vieja trianera y contonear las caderas como se hacía antaño, dejando de lado la búsqueda de la ejecución sistemática y dejándose llevar por la música, por la fiesta, por el ambiente. 
Pastora no se bajó del escenario en ningún momento. Este guión lo conocemos en otras artistas (Rocío Molina). Es admirable la capacidad de ambas para reconvertirse en otras bailaoras siendo una misma con apenas una taleguilla o un mantón de manila atado al cuerpo, como fue el caso de Pastora.
Con traje negro y adornos, rellenó todo el espacio vital del que disponía para 'venderse'. Da igual que baile pregones, cantados por Cristian Guerrero o Jesús Corbacho y musicalizados a la perfección por Ramón Amador, da igual que por seguiriyas se abandone, como hacen los cantaores y se deje llevar por el cante; Pastora no tiene medida. Y con ella aparece el todo. Desde la capacidad de transmitir con sus caderas hasta el recorrido de sus muñecas por el aire. 
Sobró en el comienzo del espectáculo la referencia al tapizador ambulante ('Ha llegado a su localidad el camión del tapicero'). No acabamos de entender si era un recuerdo de su infancia o uno de sus guiños a no se sabe qué. 

La conversión de pastora en diferentes mujeres, en diferentes estéticas vino con la Mariana rematada con sevillanas corraleras, transformándose en las corraleras de Lebrija (no las cantaoras) cargadas de contoneos y provocaciones en sus movimientos.
Jesús Corbacho tuvo su momento de gloria por malagueñas y fandangos de Lucena y Albaicín. Este dio paso a Jacob que arrancó con fandangos naturales en los que Pastora le respondía con su baile cuál guitarra juega a la pregunta-respuesta en tal cante. Lo mejor estaba por llegar con la bulería por soleá. Pastora es flamenca hasta sentada. Así que motivada y dominada por el duende el Big-bang llegó. Braceo y juego corporal de órdago, sin abusar apenas de pies en ningún momento y dotando al baile de una carga expresiva inusual. Y eso que no es el mejor día que hemos visto a Pastora. Porque a pesar de dejarlo todo en el escenario, en ocasiones faltó un 'pellizquito' de para terminar de decir 'Aquí está Pastora'.
Los tientos posteriores fueron a parar al cante para salir ella por tangos: Graná y Triana. En estos últimos ella tiene el testigo del baile del siglo XIX. Terminó con alboreá, como cualquier boda gitana con continuos contoneos y tambaleos ciertamente provocadores. Como es ella.


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