sábado, 20 de julio de 2019

LORCA Y LA PASIÓN. GENERALIFE 2019.

Lorca y la pasión representan uno sólo y muchos estados de ánimo. En femenino siempre. Esa fue la visión poliédrica que Marina Heredia, que está al mando del espectáculo del Generalife en este verano 2019 ha querido representar y transmitir. Nada es gratuito en la obra, ni siquiera las intenciones. Siempre hay un por qué. Y no por buscar un feminismo no siempre encontrado, pues el machismo se encuentra intrínseco en algunos de los cuatro movimientos que dieron forma a este  musical multiforme.

Desde el principio las sorpresas fueron visibles ya fuera por inesperadas, por tediosas o por ser simplemente sorprendentes. Cuatro movimientos. Cuatro obras de Lorca. Cuatro visiones. Cuatro locuras. Todas lorquianas. 

La primera, la particular visión del Público, obra que Lorca no pudo representar en vida, supuso una alegoría caballeresca en la que un Farruquito irreconocible se puso al mando cual caballo negro. Es difícil sopesar si la sorpresa vino cuando en su baile fue imposible reconocerle sus formas o lo contrario. La dirección coreográfica corrió a cargo de Eva la Yerbabuena. Imagínense a Farruquito bailando por Eva. Aquí radicó la primera gran sorpresa. Cuanto menos, sorprendente se hizo ver el braceo de Eva en la figura masculina de un bailaor como él y lo viril de un caballo pero con un sello estético antagónico. Con máscara y pelo largo a modo de crin, si no nos dicen que era él, no se reconoce. 

El cuerpo de baile femenino/masculino firmó una de las mejores coreografías flamencas de la noche. De las pocas también. Y fue aquí donde el vestuario falló. Mallas blancas y poco más para mostrar a los deslucidos caballos blancos. Bulerías por soleá, taranto y bulerías musicaron este primer movimiento que anticipaba lo que sería el guión de la noche. En el sonido la voz de Marina en off principió la gala si bien el resto fue su voz en directo la que dió categoría de jondura al cante. Porque Marina es hoy por hoy, de las mejores voces que tiene el flamenco, si no la más flamenca. 

El segundo movimiento, La casa de Bernarda Alba. Una carga de simbolismo precedió la escena y se mantuvo hasta su final. El machismo anquilosado de Bernarda, magistralmente interpretado por María Alfonsa Rosso, el desequilibrio emocional y sensual de sus hijas, y sobre todo el personaje de Angustias en la figura de Cristina Aguilera a la que hay que dar el olé más grande por su soberbia interpretación que viajó desde el melodramatismo de la injusticia familiar y social que vivieron las hijas de Bernarda hasta la libertad mas absoluta, rozando el libertinaje de su personaje (Angustias). 

En la figura de Pepe Romano (amante) estuvo Cristian Lozano, que a pesar de ser un bailaor fenomenal no se han aprovechado la gran cantidad de virtudes que atesora su baile. Y todo hilvanado con las guitarras de Rubén Campos y Marcos Palometas, ajustados a la música que ha creado para este evento José Quevedo 'Bolita', las voces de Victor Carrasco, Anabel Rivera,  Fita Heredia, que compartirán espacio en días sucesivos con José Valencia y la percusión de Rafael Moisés Heredia. 

Musicalmente, se sostuvo con versos de Lorca por soleá, malagueñas, media granaina, fandangos del Albaicín y seguidillas, además de trillas y de un Réquiem con los versos del 'Silencio' mas lorquiano que se ha escuchado nunca. Qué paradoja. 
Reseñable y admirable el gusto y las formas en las que se concatenaban los cantes de trillas (con guiños preclaros al rondar de las mozas) con el fandango del Albaicín. 



Así que pasen cinco años, tercer movimiento por tangos del Petaco, que vienen a ser tanguillos, y una estampa sorprendente de nuevo: Diálogo surrealista y necesariamente rompedor entre los jugadores de un equipo de rugby haciendo de toreros, la novia de uno de ellos, el resto de chicas... y todo
 aderezado a ritmo de tanguillos. No cabía otra música. Difícil entender la estampa que se representó, pero llamativa por lo distinto. Y entró en escena Miguel Poveda interpretando el romance de la dulce queja, vestido blanco en manos, impoluto para vestir al maniquí (Marina Heredia) y escucharse los aires de tonás y el cuplé por bulerías de remate. A pesar de la magnitud de ambos cantaores, este pasaje no llegó ni transmitió Y no fue por ellos, que se entregaron. ¡¡Con la grandeza de sus voces!! Pero se quedó en un limbo que ni siquiera pudo arrancar aplausos convincentes. 

El último movimiento, dedicado a Mariana Pineda quiso ser un alegato a la valentía de la mujer independiente que está por encima de las barreras sociales de la época. La interpretación de Chema del Barco haciendo del juez Pedrosa y la de la propia protagonista, Mari(a)na (Heredia-Pineda), acabaron por decirnos que esta obra tiene más tintes de musical teatralizado que de espectáculo flamenco al uso. Porque a pesar de los intentos, el baile flamenco estuvo semi-ausente casi toda la noche. Apenas se escucharon escobillas, piezas sostenidas por el taconeo del cuerpo de baile, por cierto éste de un nivel elevadísimo pero poco aprovechado, y sí por la virtuosidad creativa y expresiva de Eva la Yerbabuena y su particular modo de entender la danza, que no es poco. 

Pero se queda uno con un sabor agridulce cuando ve a las bailaoras (Cristina Aguilera, Irene Morales, Cristina Soler, Florencia Oz, Irene Rueda) que pudieron dar más luz si cabe a cada uno de los pasajes donde salían a escena juntas o por separado y no pudo ser. Y en la recta final, cuando por alegrías el cuerpo de baile masculino (Mariano Bernal, Antonio González y el resto por nombrar y/o nombrados) parecía que iba a darnos el caramelo de postre, el baile por derecho, apenas unas pinceladas de dos buenos artistas como Raimundo Benítez y Adrián Sánchez fueron un fogonazo de ilusionismo flamenco que brilló el tiempo de una estrella fugaz. 
En este pasaje se escucharon canciones infantiles, alegrías, fandangos y peteneras con las que la protagonista bajó el telón. 

En ellas, ecos de peteneras primitivas, las de La Niña de los Peines y las del Niño Medina, junto al baile femenino del grupo, con trajes negros tan preciosos como desaprovechados en la coreografía pusieron el punto y final a un espectáculo en el que, a modo de resumen, se aprecia que detrás de lo acontencido hay un trabajo enorme y valiosísimo de coreografías, de estilismo, de escenografía (Rosario Pardo), de dirección audiovisual (a cargo del director José Sánchez Montes que elevó la nota final del conjunto) y de música pero que en el conjunto y visto desde los ojos del crítico y del público, faltó ese pequeño chispazo de pasión y flamenco que Lorca tanto anhelaba y que pudo haber supuesto el Cum laude a la obra. 

Y aunque pueda parecer que hay contradicciones en la forma de analizar cada pasaje y cada movimiento de este Lorca y su pasión, la suma de todos los elementos son los que dan validez a una obra de tamaña envergadura por la que hay que dar la enhorabuena a Marina Heredia. 











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