sábado, 14 de junio de 2014

EL FLAMENCO, LO FLAMENCO Y LOS FLAMENCOS.

No es razonable como funciona el flamenco en el siglo XXI. No lo es en unos tiempos en los que la cultura musical alcanza unos niveles tan elevados, donde el conocimiento, la especialización en la música, en todos sus niveles está a una altura que jamás había estado.
El flamenco presume de tener una nómina de cantaores/as de primer orden que es capaz de llenar auditorios de más de mil butacas, bailaores/as y guitarrístas de concierto principalmente que son capaces de conseguir tan difícil hazaña. Resulta, por otro lado, positivo que el público que acude a disfrutar de esas grandes estrellas no siempre conoce la obra del artista, la trayectoria, sino que se mueve por meros intereses comerciales y sociales. En una sociedad donde la imagen prima por encima del conocimiento, y en una sociedad donde la apariencia y el pseudo-intelectualismo es el motor que mueve el mundo, y por ende, el dinero, es donde se refleja el nivel cultural de nosotros mismos. 
Tiempos de crisis en los que 'lo gratis' es en muchas ocasiones la única forma de llenar un espacio para acercarse a la cultura, en cualquiera de sus modalidades, no casa con la realidad palpable. La cultura debería llenar auditorios. Y no me refiero a la cultura musical, en este caso, flamenca, sino que voy más allá; la cultura del famoseo, del pavoneo, del dejarse ver, del 'yo estuve allí' es hoy en día un ejercicio prioritario para la masa social que se considera culta.  
Granada ha presumido siempre de ser una ciudad cultural, comercial, turística, ha sabido venderse y explotar casi todos sus recursos. Pero poner a la venta un producto no siempre es sinónimo de éxito. 
La industria flamenca granadina, ha sido desde comienzos del siglo XX un motor económico y cultural fundamental para la promoción de la ciudad. Sus zambras, sus espectáculos en tablaos, el Sacromonte, sus artistas han gozado de los mejores privilegios que se pueden obtener en una ciudad como esta. Dejando de lado el monumento nazarí, hemos sido capaces de vender y transformar una cultura en beneficio de nuestra más particular y envidiada cultura musical: el flamenco. Pero el que se hace aquí, tan distinto del resto. 
Pero el declive en el que estamos entrando se hace latente cada dia más. Cada vez más ignoramos lo realmente válido para dejarnos llevar por una mano espúrea que nos impide ver más allá de nuestros propios ojos. Somos cínicos con nosotros mismos, somos capaces de engañarnos solo por aparentar ser lo que no somos. Y como resultado, la realidad es que la ignorancia en muchos casos, se convierte en nuestra mayor virtud. Siendo esta una virtud, ¿que podemos esperar?
Son pocos los eventos musico-culturales que se celebran en Granada, al margen de espectáculos flamencos diarios que se dan en los tablaos de la ciudad. Son suficientes las noticias que nos llegan de los eventos que se programan en Granada. Entonces, ¿Porqué sólo triunfan aquellos que se venden para masas y apenas calientan veinte asientos aquellos que realmente son acontecimientos que bien se merecieran llenar auditorios?- La posible razón me azota la mente. Nos creemos todo los que nos venden como bueno sin entrar en el planteamiento propio de preguntarnos si realmente eso que me quieren vender es o no válido. No puede ser de otra manera. ¿Porque hay flamenco que vende y flamenco que no vende?-¿Siempre es mejor el más vendible?
Somos tan ignorantes y tan vagos mentales que no nos paramos a recapacitar si el producto que me quieren vender, yo lo quiero de verdad o sólo es una excusa para llenar bolsillos (y no pretendo entrar en confrontación sobre gustos). Y lo peor no es eso, sino que al final yo lo compro, al precio que sea, porque me hacen ver que de verdad vale lo que piden. 
¿Que hace que grupos de flamenco-fusión o 'new-flamenco' como se les llama ahora cuelguen el 'no hay billetes' y eventos que de verdad son flamencos apenas existan?
Sin ningún género de dudas no hay educación musical en nuestra ciudad. Somos ovejas al son de una corriente insípida e incolora. 
Podría poner decenas de eventos, pero hoy sólo hablaré de unos pocos. 
El archiconocido Jose Mercé vendió 3/4 de entradas del auditorio Manuel de Falla la última vez que vino hace ahora dos años. Su público no es flamenco. Su público es el mismo que vemos acudir a una obra de teatro o a la ópera. Lo quieren por sus pilas alcalinas, su 'aire' tan poco flamenco y son 'confi de fuá'.  Y es una pena porque cuando cantaba flamenco era bueno. Pero dejó de cantar flamenco hace muchos años. Demasiados. En su favor decir que llena auditorios y de paso su bolsillo. 
Este viernes vino Niña Pastori al Palacio de Congresos. Solo en venta anticipada hasta una hora antes del concierto la caja ascendió a 20.810 euros en entradas, más lo que vendiera en puerta. Más de 830 entradas con precios oscilantes entre 23 y 27 euros. Nada mal.
Artistas de masas que venden un flamenco liviano (preferiria no llamarlo flamenco) más cercano del pop que del pellizco. 
En favor de Niña Pastori decir que cuando canta por derecho en cuartito y en reuniones privadas hay que romperse la camisa.  Fue una sorpresa para mi descubrirla hace ya 7 años en ese estado en el que los duendes son capaces de aparecer y desaparecer sin miramientos. A Mercé lo abandonaron hace demasiado tiempo y no quieren saber de él.
Y en contraposición de estos grandes artistas que mueven masas sociales y pseudo-intelectuales musicales están los cabales. Esos que dejan de lado la imagen, la falsa apariencia y son virtuosos de la vida en todas sus dimensiones. A esos es difícil reconocerlos. ¡¡Pero Haberlos, haylos!! 
Hablo de aquellos aficionados y artistas que no se venden a grandes públicos, que no venden miles de discos, miles de libros, que no dan miles de conferencias, que no se venden, en definitiva. 
No es concebible una afición flamenca granadina que se capaz de llenar un auditorio y no sea capaz de acudir de forma gratuita a la presentación de un libro o a la presentación de un disco si no hay detrás una gran campaña de promoción.


El buen aficionado es el que huye de campañas, de grandes eventos sociales. Con esto no pretendo ser reduccionista y sentenciar que el buen aficionado es el de cuartito. Faltaría más. Pero del que hablo, el válido es el que sabe discernir lo bueno y lo menos bueno. Y cuando hablo de flamenco hablo de flamenco. 
El buen aficionado es raro encontrarlo en grandes movimientos sociales donde el objetivo es aparecer en la foto o que lo vean a uno en tal o cual evento. Ahí no lo encontrarán. Lo encontrarán en una peña, en un teatro, o incluso en un auditorio, pero su interés  por ver un espectáculo no estará marcado por lo social, sino por lo cutlural. Ahí radica la diferencia entre el aficionado al flamenco y el aficionado a lo social. El primero de ellos pasa desapercibido, no presume, no es amigo de 'dejarse ver'. El contrario cumple los requisitos opuestos.
El primero de ellos los encontraremos con más probabilidad en pequeños espacios, acudiendo a presentaciones de actos culturales de personalidades del flamenco. Al otro, en la puerta de los teatros media hora antes para que lo vean. 
No es de recibo, que en un concierto de Niña Pastori se vendan las entradas antes mencionadas y en una presentación de un libro del investigador y gran conocedor del flamenco Luís Soler Guevara no se llegara a la veintena de personas en total, siendo un acto gratuito y publicitado en prensa y redes sociales.
 ¿Acaso lo gratis no vende?- Puede ser. Pero... en tiempos de crisis nos gastamos un 'pico' en escuchar flamenco-pop y somos los más flamencos del mundo pero no somos capaces de acudir a una presentación de un libro dada por un conocedor de 'lo flamenco'. Algo falla. 
Y el fallo puede estar en la falta de cultura. En la falta de principios éticos y sociales por los que regirnos.  ¿Nos seremos una manada que va con la corriente sin preguntarnos un porqué?
Si existía, se ha perdido. Hablo de una base cultural y musical que nos ayude a diferenciar lo bueno de lo malo; lo válido de lo no válido. 
Y por otro lado, una inexistente educación musical flamenca que nos conduzca a poder establecer diferencias básicas entre lo que puede o no puede valer.  
Está pues, en nuestras manos, hacer examen de conciencia y llevar a cabo un acto de revisión permanente  sobre dónde está el verdadero sentido de hacernos a nosotros mismos con un mínimo de cultura flamenca, sin que se apodere de nosotros la superficialidad del conocimiento por encima de la honestidad de la cultura.



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