miércoles, 22 de julio de 2015

AMARGO POETA, AMARGO NUEVA YORK

El éxito de un espectáculo estriba en que la suma de todos sus elementos hagan de él una obra que llegue al público. Éstos, deben tener con independencia, un argumento sólido que consiga que los nexos entre ellos se acoplen y nos encontremos un resultado apto. Estoy convencido de que Rafael Amargo ha puesto todo de su parte para conseguirlo. Su reestreno de 'Poeta en Nueva York' ha contado con esa adición de elementos escenógráficos, visuales,  efectistas y coreográficos. Pero le faltó lo más importante. Faltó él. Faltó durante toda la noche. Y digo esto porque viendo los primeros veinte minutos de la obra ya lo hemos visto todo en él y no ofrece nada nuevo a partir de aquí.

Afrontar dar forma al complejo entramado poético de la estancia de Lorca en Nueva York y Cuba, expresado a través de sus poemas no es tarea fácil. Amargo ya lo hizo en 2002. Y vuelve con esta revisión actualizada. No cabe duda que las colaboraciones de voces en off, fantásticos recitados de la obra lorquiana, dieron peso al guión y ofrecieron la posibilidad de entender el espíritu del poeta en el Generalife.

El eco escondido de Rafael Amargo, Marisa Paredes o Cayetana Guillén Cuervo nos sitúan en un imaginario visual dramático, lúgubre; poesía escénica muy lograda que no siempre anticipa lo venidero.    
Sin duda, el tratamiento escénico, las proyecciones y la gestión de luces estuvieron sobresalientes, aunque en algunos pasajes pecaron de plomizas. Cabe destacar la ausencia de una escenografía móvil, esto es, materiales que aporten y dibujen lo que se quiera expresar. Porque para eso ya están los artistas.  No hicieron falta porque el elenco de bailaores/as convencieron en las coreografías grupales.

Además de ser necesario en espectáculos de estas dimensiones, el cuerpo de baile fue lo único flamenco  porque Rafael, en lo que a flamenco se refiere, ni estuvo ni se le esperaba. No entiendo la manía de querer ser estrella por encima de bailaor, y no lo digo por su trayectoria televisiva; no vaya a confurdirse el lector. Sus poses son repetitivas, su estampa con pierna estirada y rodilla flexionada cuál torero lanza capote al morlaco estuvieron en cada pasaje y en cada salida al escenario. Y cuando se abusa del mismo recurso, se pierde en sí mismo. Rafael tiene recursos que van más allá de esto. No acabo de entender por qué no los utiliza. Sus pies son envidiables, (cuando los utiliza), su figura da mucho juego, sus brazos bailan solos sin necesidad de nada más. ¿Por qué entonces se repite tanto?

Ciñéndonos al guión temporal, tras la 'fábula y rueda de los tres magos' recitada por Juan Estelrich, Miguel Cazorla, Carlos Fernández y Joan Vázquez aparece una boda gitana. ¿Una boda gitana?-¿ En el  Nueva York de Lorca?- Para más inri se lleva casi veinte minutos de la noche.

El poema 'La Aurora', recitado por Cecilia Sarli y Cristina Baeza se convierte en una petenera con baile femenino. Ahora sí da gusto ver bailar y recordar al maestro Morente aunque sea en nuestra mente. Aunque alejada de su versión, el tratamiento musical fue magnífico. 
Le sigue el cuerpo de baile con bastones, descompasado por momentos.

Uno de los aspectos musicales que me gustaron fue la colaboración de Edith Salazar con su piano y su voz. Responsable de la música original junto a Eduardo Cortés, puso el toque 'neoyorquino'. Una voz que bien podría venir del Harlem más profundo; Amargo le da la réplica, pero vuelve a ser el del inicio, sin nada nuevo que aportar. 
Y es que fue en los espacios musicales ajenos al flamenco donde la obra funcionó. Una bailarina en una caja de música fue casi lo más impactante de la noche en cuanto a escenificación.

Prescindibles, por otro lado, chicas desnudas por el escenario. Me cuesta entender que entrara en los planes o en la mente de Lorca que alguno de sus poemas pudieran generar una situación así. Sí, tengo en cuenta que es una visión personal de Rafael sobre su obra. Y justo por eso no lo entiendo.

Por contra si tienen cabida imaginarios musicales con aires de Jazz, música cercana al cabaret o aires medievales cercanos a las sardanas y a lo cortesano en las danzas, sones blusseros... En ellos si están los versos lorquianos, su visión pésima y abstracta de sus meses en la ciudad de los rascacielos. La 'oda a Walt Withman o 'la vuelta a la ciudad' reflejan los pensamientos y la visceralidad del poeta en esta parte de la obra. En los actos no flamencos Edith Salazar triunfó con su visión pianística del 'Pequeño vals vienés'. Así da gusto estar sentado el tiempo que haga falta para ir a cualquier musical.

En el apartado estrictamente flamenco, el poco que hubo, me quedo con varios detalles que salvaron la noche. Manuel Segovia bordó su interpretación, al igual que como dije, las coreografías grupales que mantuvieron el nivel que le faltaba a la parte no flamenca. Incluso Rafael estuvo bien cuando hizo continuos guiños a unos de sus maestros: Mario Maya. Sus manos nos regalaron su recuerdo. Los cantes de trilla y tonás también ayudaron a engrandecer los limitados pasajes jondos. Porque por desgracia, en la seguiriya de Rafael se repitió la misma escena. Varios poses bien estudiados pero vacíos de transmisión. Si la boda gitana no entra de ninguna manera en la posible traducción flamenca de estos poemas, menos aún los tangos del Petaco, tanguillos muy flamencos donde de nuevo el total de artistas asume la responsabilidad de intentar salvar una obra tan poco flamenca como buena musicalmente hablando.

Y ahora sí, lo más imperdonable de todo es no aprovechar la nómina de artistas flamencos. Y es obligación nombrarlos a todos porque sólo ellos salvaron lo insalvable: Estíbaliz Barroso, Eva Boucherite, Antonio Correderas, Vanesa Gálvez, Cristina Gómez, Lucía Garrido, Sandra Hita, Yolanda Jiménez, Frida Madeo, Joaquín Mulero, Yolanda Rodríguez, Loli Sabariego, Juan Carlos Quesada, Miguel Vallés, Fran Vílchez, Olga Llorente, Luís Ortega y Adrián Sánchez. Ellos si fueron los verdaderos protagonistas del baile.

Y más imperdonable aún no dejar sitio para los cantaores y guitarrístas. ¡Qué desaprovechado estuvo una figura como Toni Maya! El juego que hubiera dado. Al menos María la Coneja tuvo su momento en los tanguillos con todo el arte y la guasa propia de una artista de su calibre. Las voces de Maite Maya y Carmina Cortés también quedaron a la sombra con el metal de voz tan interesante que manejan ambas. Que flamencas son. Las guitarras de Eduardo Cortés y Diego Franco se encontraron en igual situación. Vaya mi reconocimiento para ellos también, al igual que para Mónica Fuentefría al violín.

Y es que revisando la obra de un punto de vista ajeno al flamenco es tan válida como cualquier musical de Broadway. Amargo ha sabido crear un espectáculo de gran calidad. Si, pero no para presentarlo en un espacio como el Generalife. En cualquier teatro mundial esta obra funciona a la perfección, pero siempre y cuando no se venda como un espectáculo flamenco, porque no lo es. Es un musical y de calidad. Repito. Téngase en cuenta que esta reseña sobre la obra se enfoca necesariamente desde un punto de vista flamenco, pues el Generalife y el crédito que se da a las diferentes compañías que han pasado por sus tablas en los últimos años deben ser flamencos.


                                               *(Foto: www.eldiario.es)


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