Desde que cambió el formato veraniego del ciclo de los Jardines del Generalife en el que se abandonó la magnífica idea de mantener el mismo espectáculo de temática lorquiana a uno en el que lo reduce y deja espacio para otras tendencias, otros artistas y otras novedades, altos y bajos se han vivido en todos los sentidos: pinchazos de asistencia, pinchazos de novedades artísticas, de nuevas creaciones, y por contra algunas, no muchas, sorprendentes creaciones como la de Miguel Poveda, eso sí, de temática lorquiana y con la exigencia al más alto nivel. No así en esta edición de 2025, en la que salvaguardando lo mencionado, la noche del viernes se puede catalogar igualmente de pinchazo. Para que se considere, no es necesario que un artista no cante bien, no toque bien o no baile bien, porque los que estuvieron son todos excelentes flamencos. Pero el conjunto, en este caso la suma, restó. Y lo hizo porque no es plausible ver tres mini espectáculos convertidos en uno sólo cual formato de festival veraniego en un entorno tan mágico como el Generalife.
No tuve ocasión de disfrutar del día anterior, Aurora Vargas, Lole Montoya y Lela Soto pero estoy seguro que el público gozó con ellas. Igual formato para el siguiente día, con Diego del Morao, El Pele y Farruquito. Que tan grandes artistas dejen un sabor de boca agridulce es señal de que algo pudo fallar.
De los tres conocemos su entrega, su conocimiento su sapiencia en el escenario, sus repertorios y sus maneras. Manejan a la perfección los códigos jondos de forma individual por lo que no fue eso lo que falló. Falló el diseño. El enorme espacio escénico del Generalife absorbe a los artistas, físicamente y musicalmente. Es muy difícil rellenarlo con sólo una guitarra o un cantaor. Por muy bueno que sea. Si no hay detrás una escenografía y una luminotecnia acorde con el lugar, el escenario se come al artista. Le pasó a Diego del Morao y al Pele. Enorme guitarrista y enorme cantaor. Del primero, sus toques son santo y seña de Jerez, sobre todo de su padre, el gran Moraito, de quien asume la responsabilidad de modernizar, reformar y engrandecer todo lo que pasa por sus manos.
Con toque de Levante comenzó, que remató por bulerías. Pasó de la sutileza vanguardista de la taranta al soniquete de los Morao con el compás de Ané Carrasco. En la soleá por bulería o lo que quiso parecer, se sumó al escenario Maloko, músico multidisciplinar y flamenco moderno que si bien su voz es apta para aflamencar canciones, fue ramplera para las dos letras que merecían una sensibilidad acorde con este cante. Por seguiriyas, Diego se quedó sólo, afrontando la necesidad de rellenar el escenario con un toque vivo, del siglo XXI, dominante y solo apto para aficionados con oído. En esas Diego no tiene parangón. Incluso bajo la sexta a RE para dar mayor sonoridad a su guitarra, una de las que utilizó porque tuvo a bien cambiar en un par de ocasiones. Finalizó por bulerías, las de su padre, adaptadas al mañana, acompañado del resto de músicos y con la guitarra de Fernando Carrasco. Tenemos ganas de ver la evolución creadora de Diego y que nos sorprenda con nuevas composiciones.
El gran Pele dio el testigo al jerezano. Vino con su escudero habitual, Niño Seve, que estuvo pletórico en el acompañamiento metiendo el pulgar cuando fue necesario y meciendo musicalmente los cantes cuando era necesario. Al compás Naim Real y José Moreno con la percusión de Eduardo Gómez.Su recital fue corto pero intenso. Zambra, malagueñas (La Trini y La Peñaranda) rematada con fandangos de Lucena y de Frasquito Yerbabuena. Poderoso de voz, portentoso de facultades, fue generoso en la soleá y en las alegrías, pero tibio en los fandangos e inexistente en la bulería, una letra y adiós.
Cerró la noche Farruquito, que parece ya se ha recuperado de una lesión en la pierna que lleva arrastrando todo el verano. Quizás por eso no fue el de siempre, alejado de los saltos en los remates, de las excentricidades estéticas y de los giros imposibles. Fue comedido, liviano por momentos y acertado con justeza en los finales. Pero nada más. Faltó el Farruquito de siempre, que estuvo bien amparado por el cante que amplificó el efecto flamenco. Mari Vizárraga, plétorica, Manuel de la Nina, entregado e Ismael de la Rosa cumpliendo como cantaor de atrás. En la guitarra Ramón Amador, perfecto en el acompañamiento se comió en la guitarra en cada cuadro.
Farruquito presentó su espectáculo 'Intimo' que poco o nada se parece al original. Una secuencia de paseos por el escenario, representando al bailaor más redomado, tranquilo, maduro, sin las estridencias que lo catalputaron y que tantos seguidores ha tenido. Por martinetes y tonás arrancaron De la Nina y De la Rosa, muy al estilo Morentiano, con cenitales y enfrentados en el escenario que dieron pie al bailaor por seguiriyas. No vimos al bailaor de antaño, enérgico y entregado. Buscó el aplauso.
La transición por tangos fue lo mejor de la noche. Mari Vizárraga acordándose por tangos de Juana la del Revuelo y de Remedios, de una a otra, en conjunción perfecta. Finalizó Farruquito por alegrías, en los mismos modos que por seguiriyas, a fuego lento, sin quemar, sin arder, sin vacilar y con poca sal.
Para otros años, se debe revisar este formato que a pesar de la buena entrada de público, no permite al artista explayarse al estar sometido al minutaje concertado y no dejar espacio a la libertad.