jueves, 21 de julio de 2022

JONDO. Generalife 2022. Eduardo Guerrero. 19/07/2022

Lo primero que nos preguntamos cuando finaliza el espectáculo es su vinculación/relación directa con el Concurso de Cante jondo de 1922 para poder ubicar los cinco cuadros que componen esta obra. 'Jondo' es la historia de desamor de algunos de los personajes de García Lorca, Sin embargo, encontrar la unión específica entre esto y el Concurso se nos hace cuanto menos dificultosa. No en vano, la danza se utiliza para expresar emociones y sentimientos que argumentan e hilvanan contenidos. A esto deberíamos agarrarnos para justificar el contenido con el argumento. Pero a priori, cuesta.

Para analizar la obra en cuestión habría que atender a diferentes criterios o puntos de vista desde los que afrontar, justificar y responder a varios por qués. 

En primer lugar los cinco cuadros que la arman: Rosita, Don Perlimplín, Mariana, Adela y El Director. Todas ellas tragedias de desamor o 'des' lo que sea pero en todo caso, sin atisbo de flamenco ni del Concurso. Si bien es cierto que García Lorca no fue un entendido del flamenco aún participando en la gestación y desarrollo del Concurso, su amor por este justifica que en un análisis subjetivo podamos encontrar sinergias entre lo jondo y lo dramático de sus obras. Una cuestión nada baladí si profundizamos y visualizamos con detenimiento la mente de Lorca y sus pasiones. 

En segundo lugar, no pareció difícil converger los cinco cuadros a lo 'Jondo' de esta obra ya que la danza es uno de los vehículos que mejor funcionan para la transmisión de emociones, como dije anteriormente. En esas, Eduardo Guerrero no tiene rival. Sus virtudes en el escenario, su técnica, su capacidad interpretativa choca con los momentos que quisieron ser flamencos pero que, en todo caso, fueron contemporáneos. De inicio, a solas consigo mismo en el escenario posó a pecho casi descubierto tapado por un traje semi abierto donde muestra sus cartas y lo que supone ser un conocedor del baile flamenco y de lo contemporáneo en el ámbito de la danza. 

El hilo conductor fue desde el principio la modernidad del baile. Del baile no flamenco entendido desde la tradición. Y lo cierto también es que apenas hubo flamenco salvo en ocasiones contadas que lo hubo sí, y del bueno. Las coreografías fueron grupales a excepción del final de la noche. 

En un análisis general del espectáculo, el protagonismo fue del grupo de actores/bailaores/as/ines/as que compusieron los pasajes. Fueron ellos quienes dirigieron el recorrido dancístico creado por Guerrero sin olvidar la excelente dramaturgia de Triana Lorite. No obstante y a pesar de la creatividad de las composiciones, faltó tensión escénica entre los pasajes. Y quien la provocó fue la parte más flamenca de la velada en la que Carmen Linares tuvo mucho que decir. Una de las grandes del cante de los últimos 50 años, con su voz gastada por el tiempo fue 'Mariana'. Su participación fue simbólica pero lo suficiente para dotar a la obra de grandes pretensiones en la sección de cante. 

En tercer lugar, la música. Tan sólo una guitarra y una batería amén de las voces de Ana Salazar y Manu Soto. La guitarra de Pino Losada fue quien sostuvo musicalmente la obra, acompañada por la batería de Pablo García que nos trasladó por muchos momentos al Rock Andaluz en un alarde de contemporizar el pasado y el presente anterior, además del trombón de Jorge Moreno que secundó al resto de músicos. En este apartado, la música se mimetizó con el concepto escénico: tensión ajustada y diálogos entre la danza y el flamenco, o bien entre la danza flamenca.

No hubo programa de mano lo que hizo que parte del público esperara más flamenco y menos danza. Pero quien conozca de la trayectoria de Eduardo Guerrero sabe que convierte lo uno en lo otro sin más distinción. Y ese fue su gran fuerte. No le hizo falta bailar el cante. 

En cuanto al contenido en sí, el nexo propiamente teórico-flamenco estuvo en el prólogo y en el epílogo y la exposición de motivos justificados en la conferencia que dio García Lorca el 19 de febrero de 1922.

Los cuadros nos enseñaron a Doña Rosita, triste, dramática y acabada por el desgaste del tiempo. A Don Perlimplín buscando el amor hasta su muerte, a Mariana perdida, ida, y al Director en su versión mas se(n)(x)ual. Las coreos estuvieron de diez en los cuerpos de Mónica Prado que estuvo sobresaliente, Clara Checa, Elisa del Mar, Irene Flores, Lola Moreno, Nino González y Alejandro Fernández. Entre todos sucumbieron a los encantos rotos y mustios de las personalidades de sus protagonistas.

El alma mater de la obra fue Eduardo Guerrero al que nos hubiera gustado disfrutarlo más. Y no porque no lo hiciéramos sino porque se nos quedó corta su participación. En el escenario estuvo soberbio. Vagó por el escenario cual duende lorquiano vislumbrando a los personajes que bailaban los pasajes. Y llegó la grandeza expresiva en la soleá del final, que antes del epílogo, mostró a un Guerrero guerrero, vanguardista y ancestral a la vez, personal al extremo pero sobre todo flamenco. 

Centrándonos dentro de los márgenes exclusivamente flamencos, hubo ecos de caña, polo y peteneras. Carmen Linares cantó por seguiriyas. Su voz bronceada por el tiempo y gastada y arañada por el cante tuvo su respuesta en los aplausos finales ya que fue la única que consiguió levantar al público cuando salió a saludar. Recitó con maestría las letras lorquianas. Transcurrida una hora del espectáculo hubo un impass exclusivamente flamenco donde tanto el baile como el cante fueron protagonistas a pares: Granaina y Media, Tangos de Graná, Fandangos folclóricos del terruño, La Mosca, La Cachucha y por supuesto la sonanta enfalsetada en la zambra morisca cuyo recuerdo a Los Ovejillas y Los Habichuela fue el hilo conductor. También se cantó la Serrana. 

Y finalizó 'Jondo' con el epílogo en la voz de Ana Salazar. Sobria, entre mística y moribunda, triste y apagada, lorquiana 100%. Y cuando esperábamos un final in crescendo no lo tuvimos porque así se despidieron, de nuevo con la tensión planificada que se mantuvo toda la noche lo que no resta calidad a Sharon Fridman y su particular forma de diseñar y dirigir la obra desde su visión y sus competencias. 

Finalmente queda valorar la gran calidad en el tratamiento de luces. Un escenario que se presta a tantas opciones, pero que en esta ocasión se adecuó y encajó como un puzzle con la trama y con el diseño luminoso que quedó adosado al corpus  musical y estético.




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